El Astillero Libros

Sumario

1. Entrevista a Cristina Feijóo

2. Sobre La casa operativa

3. Presentación de Memorias del río inmóvil

4. Sobre la obra de Cristina Feijóo

5. No (décimo séptima entrega)

6. Talleres

7. Concursos


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Boletin ElectrónicoN° 17
El Astillero Libros - Boletín Electrónico, es una publicación mensual de suscripción gratuita, destinada a la difusión de la literatura contemporánea. Son responsables por su realización Marcos Herrera y Leandro Araujo.
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1. Entrevista a Cristina Feijóo
por Marcos Herrera


El Astillero (EA)      La primera pregunta tiene que ver con el afán que demuestra el texto por rescatar el habla de los protagonistas de la historia contada. ¿Cómo trabajaste el registro coloquial? Y teniendo en cuenta esto ¿te parece, que más allá de la historia que se relata, hay en ese habla cotidiana, en ese registro, un retrato de época?

Cristina Feijóo (CF)        Al registro coloquial lo reconstruí a través de documentos, testimonios de sobrevivientes, diarios y revistas de la época. No apelé tanto a mi propia memoria, porque mi lenguaje fue cambiando junto con la época. Mi intención era reproducir un tipo de sintaxis y una terminología, sabiendo que esa reproducción  mostraría mucho más que términos o frases de moda entonces, o el modo particular de construcción sintáctica, ya que con todo eso se filtrarían capas ideológicas, históricas, antropológicas, culturales, filosóficas que se expresan a través del lenguaje oral, junto con el clima emocional de expectativas, creencias,  rechazos, tabúes, prejuicios, esperanzas, que atraviesan la grietas de la razón  y aparecen desnudas en el habla cotidiana. En general el lenguaje coloquial lo revela todo acerca del segmento social que lo utiliza y constituye, para un escritor, un medio formidable para expresar con sutileza la atmósfera sociocultural de sus personajes.  En el caso de esta novela busqué que las ideas importantes de la época, como las de jerarquía, finalidad, progreso, comunidad, paternalismo, impregnaran el lenguaje oral de los personajes. Ellos tratan de ser precisos al hablar, y esa precisión no expresa empaque, sino la convicción de que todo podía ser dicho, discutido, comprendido, y transformado. El lenguaje de la época, incluido el coloquial, aspiraba a la riqueza y los matices, y esa aspiración indicaba la convicción de que se podía transformar la realidad, por la acción –prototípicamente por la lucha armada- pero también a través de la palabra. Si un escritor desarrolla ajustadamente la lengua oral de los personajes puede trasmitirle al lector, de un modo indirecto, casi diría subliminal, el clima general del texto, su espíritu, lo que está por debajo de la letra escrita.

(EA)      El contrapunto entre el operativo policial, el punto de vista de los policías que atacan la casa y los habitantes de la casa estructura toda la novela. ¿Por qué elegiste este recurso para contar la historia?

(CF)       El recurso decantó. Escribí cuatro versiones previas a la versión final de la novela y recién en esta última, la quinta versión, apareció el recurso del contrapunto, que traspuso con mucha precisión la distancia entre lo que yo me había propuesto narrar y lo que aparecía narrado. En las primeras cuatro versiones trabajé los personajes que habitaban la casa, las situaciones puntuales, sus historias previas a la llegada a la casa; eso lo trabajé a fondo, hasta exprimir lo que quería extraer de ahí. Aun así, había algo que no me conformaba. Sentía el malestar de no saber qué cosa fallaba. Ya sabés, esa clase de pantano en el que se cae a veces, hasta que encontrás cómo salir. De pronto, el problema emergió. Lo vi. Faltaba fuerza en el clima de violencia y vida en el acecho de la muerte. Cada acto en la vida de los personajes, aun el más sencillo y cotidiano, debía tener el peligro como telón de fondo. Esto no podía trasmitirse más que a través de un portador, un causante de ese peligro. Una vez que concebí el recurso del cerco policial, se me planteó el problema del tratamiento que daría al grupo de policías: ¿sería un grupo fantasmal, anónimo, o los policías tendrían tratamiento de personajes? Al decidirme por esta última opción sentí que la novela se redondeaba. Seguramente el problema de "el enemigo" había estado presente en una napa oculta de esas que se mueven y reacomodan cuando escribís. Podía hacer que "el enemigo" perdiera su carácter simbólico y fantasmal. Podía hacer que el enemigo fueran personas, con nombres y con historias. Ese aspecto de lo narrable, una vez consciente, debía narrarlo, si se trataba de narrar la militancia.  

(EA)        Cuando comencé a leer la novela tuve la sensación de acceder a un punto de vista histórico que ahora está clausurado. Ví con los ojos de los guerrilleros que no era imposible cambiar el mundo con dos fierritos. Después vino todo lo que ya sabemos, la tremenda derrota, la tortura, la muerte, el exilio. ¿La única manera de proponer una mirada utópica hoy es desde el campo de la ficción? ¿existe alguna forma de resistencia? ¿ves posible alguna propuesta de insurrección?

(CF)       Bueno, si vos viste con los ojos de ellos que la revolución era posible, para mí significa que la novela funciona, porque transmite su verdad ficcional, que naturalmente no es una verdad histórica que pudiera reconstruirse ahora. No veo lo insurreccional como un factor de cambio en la hegemonía mundial, aun tomando en cuenta la violencia y potencial extensión de una jihad islámica. Hay, en cambio, muchas formas de resistencia interesantes, activas, que sin buscar cambios estructurales intentan que las vidas transcurran de un modo más afín con la defensa de la igualdad, es decir de una humanidad hecha de muchos mundos, sustentables según su propia lógica y su propio modelo. Desde ese lugar, desde cualquiera de esos lugares, se insiste en valorar la diversidad, lo multicultural, la preservación de lenguas, de especies, de bosques, de identidades. Yo veo un movimiento de arriba hacia abajo que tiende a aplanar y limar lo diferente, a borrar las señas particulares (y que por supuesto tiene su reflejo en la literatura) y veo otro movimiento que ocurre abajo y va hacia los costados, es de ensanchamiento, de expansión en la base y que trata de preservar las diferencias, de rescatar lo propio, y de moverse en un espacio y en un tiempo que pueden ser mirados. Desde la ficción es posible integrar esa resistencia restaurando sentidos, porque el rey del pensamiento único es el consumo, un úselo y tírelo muy de preservativo, que supone estar atento a la moda, al instante y al objeto que el instante demanda y que es, además, un objeto global. Todo lo que trabaje contra esa lógica intolerante y unificadora es resistencia cultural y estoy convencida que el cambio llegará en la medida que las personas deseen y se procuren vidas que puedan expandirse y proyectarse y de las que se pueda arrancar el código de barras que las identifica hoy.

(EA)      Me llamó la atención que en la solapa del libro, donde se hace un repaso breve de tu biografía, se te presenta como una víctima, se habla de vos como ex presa y como exiliada y no como militante armada, como protagonista de un intento de cambio histórico por la vía armada. ¿Qué reflexión te merece esto?

(CF)       En todo caso, soy yo la responsable. En las dos solapas de mis libros elegí yo el modo de presentarme. En la solapa de Memorias del río inmóvil, novela ubicada en los noventa, me presento como ex militante de la izquierda peronista. La casa operativa es una novela de la militancia de los setenta, donde las voces narrativas son voces de militantes, salvo en el caso de Manuel, hijo de militantes. Me pareció redundante señalar ese aspecto de mi biografía en un libro que reflexiona a fondo sobre esa experiencia. En esta última solapa di por sentado que la condición de víctima quedaba superada por el hecho estético de la novela y el hecho vital de ser, no ya una víctima, sino una escritora.

(EA)      Las historias de amor ocupan un lugar central en la novela, podríamos decir que se narran historias de amor en peligro, estas historias le imprimen un aliento al discurso que por momentos alcanza una intensidad poco vista en la literatura argentina actual, ¿era distinto el concepto sentimental de la época?

(CF)       Era distinta la mirada sobre estas cosas. Veías tu historia atrás, y veías tu futuro adelante; no un eterno presente casi diluido como temporalidad, sino un presente inteso y breve, con su pasado y su porvenir. Posiblemente fuera una ilusión, pero también el espacio en que te movías parecía en cierto modo manejable y eso le daba una dimensión a tu vida, le daba espesor. Pesabas sobre la tierra. Pesaban tus ideas y pesaban tus deseos. Creo que la pasión tiene que ver con ese espacio-tiempo de proyección, con tener en la conciencia tu propio peso gravitatorio y la posibilidad que te da ese peso; la fuerza. Nadie puede apasionarse con un chaleco de fuerza. Luego estaba la lucha, el peligro, que contiene su propio erotismo, y en ese marco las relaciones de amor eran como borracheras dentro de resacas. La intensidad estaba dada por la posibilidad de separación, de muerte, y también en la mística y la esperanza de estar haciendo las reglas en las cuales se vivía y en las cuales se criaban los hijos, aunque a veces, incluso entonces, uno percibía que esas creaciones existían más en la imaginación que en la realidad. 

(EA)       ¿Estás escribiendo en estos momentos? ¿Qué proyectos tenés y te gustaría concretar?

(CF)       Estoy escribiendo una novela acerca de una mujer casada que reflexiona sobre su matrimonio a partir de un descubrimiento casual. Es una historia íntima, que gira sobre la idea de alguien que ha vivido sin conciencia de sí durante muchos años y de pronto despierta y mira su vida como si fuera la vida de otra. Esa es la idea general de la novela. No tengo más proyectos concretos que escribir y escribir es, para mí, no sólo un modo de resistencia sino la manera más sagaz de reflexionar sobre la realidad y estar conectada a ella.

(EA)     ¿Qué autores contemporáneos te gustan

(CF)       Voy a mencionar sólo a escritores argentinos que ya están para siempre, como Cortázar, Arlt, Macedonio, Soriano, Saer, y los extranjeros que he frecuentado hace poco. Con los autores extranjeros tengo la antigua impresión (infantil) de estar espiando otras formas de vida, asomarme a ver qué temas conmueven a otra gente y cómo se tratan esos temas. Me quedó el disfrute de lo extraño en lo cotidiano. Un aspecto de ese descentramiento son los filtros que aparecen en un texto escrito en otro idioma. La otra cultura está ahí, pugnando por mostrarse en sus propias palabras, pero el traductor también está ahí, y él intenta que la idea, el concepto original, la imagen, sean creíbles en español y no siempre resulta creíble todo; hay forzamientos y a veces, con fortuna, sucede que se cuela el silencio, lo indecible o la ilusión de lo indecible que es donde reside la poesía; todo eso, lo disfruto mucho. También me gusta leer en sueco; leo unas cuantas novelas suecas al año. Los autores contemporáneos que más recuerdo ahora son J.M. Coetzee, Imre Kértez, Lorrie Moore, Norman Mailer, Raymond Carver, John Updike, Toni Morrison, García Márquez, Nadine Gordimer, Felisberto Hernández, Thomas Bernhard, Miguel Ángel Asturias, Augusto Roa Bastos, Carlos Fuentes, John Berger. Es una lista que ¿dónde cortar? Faulkner, Hemingway. Amigos todos, entrañables. Alguien dijo que también ellos traicionan pero yo creo que no, creo que está bien cuando te pasa que abrís un libro que te gustó y lo cerrás diciendo "no era esto", y en esa vaguedad del recuerdo de lo que ya no es, de lo que ya no podés atrapar y degustar está el fulgor de lo que ya no sos, con su cuotita de nostalgia y su alegría. En el fondo, de eso se trata todo.

CRISTINA FEIJÓO nació en Buenos Aires. Como presa política, durante cinco años y dos dictaduras habitó diversas cárceles. Estuvo cuatro años exiliada en Suecia, donde aún reside parte de su familia. En 1992 el Consejo para la Cultura Sueco auspició la publicación de su primer libro de cuentos En celdas diferentes. En 1994, el Fondo Nacional de las Artes premió su libro de relatos El corral de los corderos. En 2001 le fue otorgado el Premio Clarín de Novela por Memorias del río inmóvil. Algunos de sus cuentos fueron galardonados y figuran en antologías publicadas en la Argentina y en el exterior. La novela La casa operativa fue elegida de manera unánime como primera finalista del Premio Planeta 2006 (Argentina).

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2. Sobre La casa operativa
por Soledad Quereilhac


Voces indecisas

 

LA CASA OPERATIVA
Por Cristina Feijóo-(Planeta)-284 páginas.

 

La Nación

Domingo 17 de junio de 2007

 

Un hombre de treinta y ocho años recuerda una semana de su vida en 1972, en Rosario, cuando él tenía sólo cuatro años y un curioso nombre de guerra: "Iván Illich". En otoño de ese año, vivió siete días junto a su madre, militante de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), y otros tres compañeros de la misma organización, en una "casa operativa", desde donde la célula estudiaba las rutinas de un general del Ejército. El retorno hacia ese momento clave de su infancia persigue un objetivo mayor que el de la mera reconstrucción de una historia: busca recuperar el espíritu vivo de su madre desaparecida, evocada en el marco de las acciones y de las decisiones que hicieron de ella una tenaz militante revolucionaria.

Esa es la historia que narra La casa operativa , segunda novela de la escritora argentina Cristina Feijóo y Primera Finalista del Premio Planeta 2006. La narración, empero, no es lineal, sino que avanza dividida en dos momentos y dos voces diferentes, que se alternan capítulo a capítulo: por un lado, nos llega el relato en primera persona de Manuel (alias "Iván Illich") que se apoya tanto en sus escasas remembranzas infantiles, como, sobre todo, en aquello que le cuenta el único sobreviviente del grupo, Rubén, alias "Dardo", treinta y cuatro años después. Por otro lado, un narrador desconocido recupera la historia que se desarrolla por fuera de la casa operativa, el día en que doce policías rodean el lugar e irrumpen armados para desarticular la célula. Mientras una de las voces sigue el curso de una construcción, la otra muestra el avance de la destrucción, focalizándose en las acciones de los policías. Sin embargo, si bien ambas zonas de la novela exhiben un riguroso conocimiento del lenguaje y métodos de los operativos armados -lo que da a la narración una innegable intensidad-, existen importantes problemas en torno a la figura de Manuel como narrador de buena parte de esta historia.

La elección del hijo de una desaparecida como narrador es, paradójicamente, lo que no termina de cobrar carnadura textual en la novela, dado que si bien el que habla es, en efecto, Manuel, su voz es continuamente invadida por otra, la de un narrador omnisciente que abarca una visión de conjunto y narra, por ejemplo, los propios pensamientos de una de las militantes antes de morir (¿cómo recuperó ese momento?) o las dudas -por cierto valientemente tratadas- de otro de los militantes acerca de las fallas en la dirigencia de las FAR. El pacto inicial que propone Feijóo (la recuperación de una madre "ausente" por parte de su hijo ya adulto) es quebrado una y otra vez por la propia novela, o mejor dicho, por un estilo indirecto libre que se desborda y salta intrusivamente por sobre Manuel hacia un buceo de conciencias o hacia los dilemas de los soldados rasos de la organización.

En este sentido, La casa operativa parece acarrear consigo una indecisión: qué contar, e inseparablemente de ello, quién va a hacerlo. Si bien al comienzo domina la perspectiva de Manuel y la historia con su madre, a medida que avanza la novela es el pathos de la militancia y de la lucha armada el que va ganado el centro y el que comienza a evidenciar una mirada "que ha estado allí". En contraposición a esta zona de la novela, los segmentos focalizados en los policías, en que el avance de las acciones se combina con una mirada crítica pero anónima, presentan una narración sólida, de episodios nítidos y personajes construidos sin concesiones.

En otro plano vale destacar que, a diferencia de otras novelas sobre los años setenta, que privilegian el perfil de la víctima y las escenas de tortura, La casa operativa se concentra en los momentos activos del combate y del proyecto del peronismo de izquierda. Sin esconder el trágico destino de buena parte de la militancia, Feijóo logra en esta novela ahondar en la subjetividad de cuatro jóvenes comprometidos y con ello recupera para la literatura una etapa clave de nuestra historia.


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3. Presentación de Memorias del río inmóvil


Tununa Mercado. Librería Gandhi. 18 de diciembre de 2001.

Presentación de Memorias del río inmóvil

 

La noticia del premio de novela a Cristina Feijóo me produjo una gran alegría, la última del año, si es que cuento algunas otras que vinieron a sacarnos de esa oscura insatisfacción que consiste en advertir que lo más vistoso y exterior es celebrado en las vidrieras mientras que lo mejor no es visto y termina por asilarse en el anaquel del sótano. Su primer volumen de cuentos, En celdas diferentes, fue premiado y editado en Suecia, en una editorial cuyo nombre, Ediciones del Salto Mortal, dice lo suficiente acerca de sí misma como empresa y de los tiempos que el libro relata, la represión, la cárcel y el exilio, elaborados con una escritura tan subjetiva como palpable, de esas que escudriñan el objeto a narrar o la idea a pensar, obstinadamente, buscando el máximo rédito para la palabra. Estábamos esperando poder leer a Cristina Feijóo en libro argentino, con solapas, bien vestido, no en el traje de alquiler de la fotocopia ni en préstamo de amigo. Es cierto que esas casas meritorias que son las antologías ya habían tentado a algunos lectores incluyendo relatos suyos, en sueco y en español, dejándoles la incitación a leer más y más largo. La promesa y la ilusión se cumplen con este libro, Memorias del río inmóvil, cuya movilidad narrativa paradójicamente desmiente cualquier quietud que podría insinuar el título. Lo que fluye es la memoria y si hay lugar para el efecto de contraste enriquecedor entre dinamismo e inmovilidad es porque ese flujo indómito y desesperado se encauza en una forma literaria nítida y brillante tanto en el relato de circunstancias como en las cuotas de dolor e intensidad de los monólogos interiores de los personajes.

La materia de esta novela es esa masa prematuramente estratificada y estabilizada en una apariencia de normalidad que dejó en la sociedad argentina el fin de la dictadura militar. La argamasa de ese compacto complacido fue un acostumbramiento que trocó el terror de la represión por nuevas expectativas en las relaciones sociales, ya fueran éstas el amor, la pareja, los negocios; una aceptación del fin de una época insurreccional en la que la militancia política confería el máximo sentido a la existencia, dejando que se depredaran otras instancias que ahora la normalidad restablece como presente real y promisorio. El pasado llega como rompiente junto a ese río inmóvil que, aunque nunca se lo mencione, tiene su carga de muerte real, ahora transfigurada simbólicamente por la reaparición de uno de los protagonistas de esa historia de los setenta, mezcla de heroísmo, delación, solidaridad, martirologio, y búsqueda de la verdad en el error o en la soberbia. Floyt, el fantasma insurrecto y lumpenizado es el reaparecido que reinstala ese vértigo de la sospecha que en los tiempos de las luchas armadas y políticas venía acompañado de un riesgo que se quería ennoblecido por las ideas y ahora restablece un sistema de seguimientos despojado de cualquier objetivo político; a menos que se piense que la recuperación de una falsa tranquilidad postdictadura se aun fin en sí mismo. La reaparición de Floyt desde la muerte, o desde el ostracismo o aun desde la fantasía como creación imaginaria de quien lo descubre junto al río, Rita, es como una piedra que al caer produce reverberaciones múltiples. Por de pronto, la estructura misma de la narración se fragmenta en relatos en primera persona y en tercera, trazando desde el yo al ella o al él un espectro de historias de vida que se tensan en torno a esta reaparición. La irrupción viene a excitar zonas dormidas de la conciencia o a derrumbar cualquier precaria defensa que hubiera podido tramarse en el inconsciente de esta comunidad envilecida o en riesgo de corromperse, aunque más no fuera por indiferencia e insensibilidad. Los seguimientos vuelven; la escucha y la grabación reaparecen. Se trata de una inteligencia puesta al servicio de causas diversas; por un lado la búsqueda de la verdad para restablecer un sentido que se habría extraviado como ética después de la derrota política y, por el otro, la búsqueda de la identidad perdida como requisito para rehumanizar los vínculos familiares y sociales. Todo está allí: el hijo traficado; el entramado de venalidad que subyace en la supuesta recomposición personal; la mentira y el ocultamiento que sostienen esta nueva edad; la mezcla de probos y corruptos en el escenario y, en el fondo, como un resto de valor, la nostalgia recia de Riíta por una tensión libertaria, rebelde, o como quiera llamársela, que llegó a exaltar lo mejor de cada uno en ese tiempo perdido, un sentimiento que constituye el único reaseguro en contra de la fatuidad. Sutilmente, como sólo puede hacerlo q2uien pudo haber arriesgado la vida o la libertad al mismo tiempo que la palabra, Cristina Feijóo entrecruza estas líneas dramáticas con gracia, hondura, noción del suspenso, haciendo entrar en la literatura ese pasado insepulto y traumático cuya forma de aflorar suele ser el conformismo.

Trato de nombrar el efecto que provoca este peligroso relevamiento del terreno minado que constituye nuestra historia de los últimos treinta años y creo que es una lucidez transmitida y contagiosa. Como en las mejores lecturas surge el deseo de marcar con lápiz o de recalcar en una segunda lectura esas "verdades", que suelen emerger a plena luz en los mejores textos. Esas frases a las que se llega por la capacidad que tiene la literatura de volver traslúcida la significación sin otro recurso que saber decir y saber escribir, producen regocijo y plenitud. Cristina Feijóo ha actuado como un metteur en escène, conoce los cuerpos, los ademanes y las gesticulaciones humanas; sabe del adentro y del afuera, de la subjetividad y de la sensación y sabe, sobre todo, captar los tiempos de sus caracteres dramáticos, esos personajes que renuncian y se reivindican, que se someten y vuelven a erguirse como personas. Y el todo sin ningún exabrupto condenatorio, sin ninguna traza de lenguaje consabido, sin ninguna ideologización ni idealización, y con una conmovedora puesta en escena del malestar que corroe a quienes sobrevivieron la dictadura.


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4. Sobre la obra de Cristina Feijóo


 
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5. No (décimo séptima entrega)
por Marcos Herrera


Le pido el celular a Lara. Llamo a Naty o Barby. Primero no atiende. (La camioneta del chino se va internando en la ciudad). Después atiende y me dice que está ocupada. Le digo que necesito con urgencia ir a verla. Yo sé que en realidad está regateando. Le hablo con dulzura. Le hablo como si fuera un chico caprichoso a punto de hacer una travesura. Le hablo con dulzura pero dejando asomar sombras de amenazas o promesas. Al final dice que está bien, que me espera. No le dije que voy acompañado.

Naty o Barby es un travesti. Somos amigos o está enamorada de mí. Subimos en el ascensor. Nos reflejamos en los espejos. Salvo el chino que está obnubilado, todos nos damos cuenta de que somos un grupo desastroso, impresentable. Cuando Naty nos ve quiere volver a cerrar la puerta. No la dejo. Empujo. Entramos. El pendejo con glaucoma va directo a la cocina y vuelve al living con una lata de atún y le pregunta a Naty si tiene un abridor, que él buscó y no encontró. Naty lo manda a la mierda. Naty es un trava muy femenino. Tiene huesos pequeños. Su culo no parece de fenómeno de circo. Se hizo ese tratamiento para quemarse, poro por poro, la barba. Sus tetas no parecen de fenómeno de circo. Lara aparece secándose las manos con una toalla y le dice al pendejo con glaucoma que lo acompañe al baño, que le va a limpiar la herida del brazo. El chino se sentó en un sillón con la actitud de quien está en la sala de espera del dentista aguantándose las ganas de cagar.

Naty me dice que soy un hijo de puta. Hijo de puta, me dice. Sacame a esta manga de forros de acá, me dice. La agarro del brazo y la llevo a una pieza. Le pongo una cachetada y le digo que la próxima es una trompada. Traé merca, le digo. Se le llenan los ojos de lágrimas. Dale, le digo, no seas mala. En un ratito los hago desaparecer.

Lara lo convence al chino de que se vaya a su casa. Le dice que ella después lo va a ir a buscar.

Lara, el pendejo con glaucoma, Naty o Barby y yo nos pasamos dos días tomando merca, cogiendo y viendo la tele. Después me voy. Digo que voy a comprar cigarrillos y whisky, y salgo. Tomo el ascensor y tengo la sensación de que me metí en la máquina del tiempo. Huguito y el Temerario sonríen colgados de mis hombros. Mula me guiña un ojo. Arregui mueve la cabeza. No, pibe, me dice, vas por mal camino. 9, 8, 7, 6. En el piso 5 se esfuman. Verde homogéneo del green. Zumbido de la temperatura distorsionando las palabras de mi abuelo. 3, 2, 1, PB. Abro la puerta del ascensor. No sé si es de día o de noche. Es la primera vez que salgo a la calle después de dos días. Las otras veces salió Lara. Una sola vez vino el puntero. Naty lo llamó y le dijo que tenía una fiesta. Tupida provisión. Todos pusimos plata.

Es de día. Miro mi reloj roto. Le pregunto a un pendejo de traje. Las cinco y veinte, me dice. Tengo que conseguir un fierro y una goma. Tengo que averiguar dónde están los muchachos. Si cobraron el rescate estarán rumbo a la frontera. Si no lo cobraron voy a tener que buscar abajo del asfalto. Conclusión: tengo que ir a ver a mi abuelo. JA JE JI. La gente me mira mal. Un loco que se ríe solo. Y me río porque por unos segundos me hice problema: qué le voy a decir que me pasó con el reloj que él me regaló con tanto cariño.

MARCOS HERRERA (Buenos Aires, 1966). Es narrador y poeta. Publicó tres libros de poesía -Modo de final, 1986; Pulgas, 1987; Músicos de frontera, 1991 (primer premio Biblioteca Municipal Raúl González Tuñón)- y un libro de relatos -Cacerías, 1997-. Ricardo Piglia seleccionó el relato que da título al volumen para incluirlo en su antología del género policial en la Argentina, Las Fieras. Publicó una novela, Ropa de fuego, en la editorial española Lengua de trapo, en 2001 (Premio de novela Fondo Nacional de las Artes 2000).

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